VOLVERÉ A SAMARCANDA

De él aprendí que la temeridad era también poner razón a la conducta infundada, dignificar la autoestima personal frente a la vaciedad de lo colectivo. No hablo de ningún teórico del objetivismo madurado en el conocimiento o la experiencia, sino de un niño de 12 años capaz ya de regalarse a sí mismo la autoestima. Éramos de la misma edad, como la mayor parte del grupo de amigos que aquel día andábamos por la base del Puente de Segovia de Madrid, extensión del barrio escenario de nuestro ocio, no más irreflexivo que el de otros adolescentes. Desde luego, el desafió no partió del más inconsciente, porque le superé con creces. Se trataba de trepar la altura de la construcción por esos mampuestos sin apenas sangría, lo que no desanimó a los restantes, pero que resultó para mí una de las experiencias más traumáticas de mi vida, haciendo ya insuperable para siempre el mal de vértigo que sentía. Solo él se negó a secundar el reto y, cuando uno lo tildó de cobarde sin entender que el riesgo también se pudiera decidir por uno mismo, le pegó un puñetazo que dejó las cosas en su sitio.


Nos hicimos muy amigos y, cuando al año siguiente hubo de permanecer en cama aquejado de hepatitis, pasé muchas tardes en su casa contrastando estudios y lecturas e hicimos juntos descubrimientos importantes, porque teníamos mucho que averiguar, y uno, sobre todos, se nos fijó para siempre con nombre y gesta: Ruy González de Clavijo, embajador del rey castellano Enrique III ante el Gran Kan Tamerlán, al que en septiembre de 1404 propuso en su nombre en Samarcanda una alianza para luchar contra los turcos otomanos, luego de atravesar Roma, Rodas, Constantinopla, Trevisonda, Teherán y ciudades y países que siguen hoy en el imaginario mítico de muchos y, buena parte de los cuales, he tenido ocasión de visitar en el desempeño de mi profesión.


Sin que mi memoria me permita fijar la fecha exacta, que nada agregaría, estuve en Samarcanda en la década de los ochenta del pasado siglo invitado por el aparato de propaganda del gobierno soviético, que repetía estos gestos periódicamente con determinados periodistas, a los que luego sometía a entrevistas con los medios, que todos sabíamos serían manipuladas a su antojo, pero que aceptábamos para poder contar cosas de una realidad oscura todavía. Cuando regresé a Madrid, le dije a mi amigo que me respetaron la exigencia de entrar en la ciudad a caballo, cabalgando desde el aeropuerto, pues así soñamos que lo haríamos juntos algún día. Por supuesto no se lo creyó ni yo esperaba que lo hiciera, pero repetimos el cuento ante nosotros mismos o ante amigos comunes, sin importarnos que nos mostraran caras de incredulidad.


Hace un par de semanas, la mujer de mi amigo me telefoneó para comunicarme que había contraído la enfermedad del coronavirus y, si por unos días me transmitió esperanzas, sus siguientes llamadas se fueron tiñendo de pesimismo. Le pedí que, si le permitieran hablar con él, le dijera que estaba organizando un viaje para ambos a Samarcanda y que la agencia con la que trataba se comprometía a facilitarnos la entrada a caballo en la ciudad, como habría hecho Clavijo y nosotros lo soñamos. Murió hace dos días.


Éramos adolescentes cuando mi amigo me enseñó a poner razón a las conductas y a dignificar la autoestima. Quizá vuelva a viajar solo donde debí de viajar con él, pues el insignificante homenaje tendría que ver con la razón y la dignidad. Porque, eso, a mi entender, también es la amistad.

© Javier Figuero

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