EL EXILIO

Vivir frente a un edificio de cierta modernidad arquitectónica y baja altura, en uno de los centros no históricos de la ciudad, me facilita una vista amplia de la misma hacia el noreste, que en el confinamiento escudriño con paciencia. Orientada al fondo por espigados edificios, mi mirada suele detenerse en la cumbre de un árbol de talla con hojas disjuntas, tal vez pináceas, que me hacen pensar en el cedro, aunque enseguida discuto conmigo la especie; abeto quizá, más común en la latitud, lo que aventuro al azar. Por las formas de aguja de las brácteas, una suerte de pino en todo caso, único arbusto con el que estoy familiarizado, porque la Valladolid que yo frecuentaba de niño para visitar a la familia se rodeaba de pinedas, aunque la que más me atrajo de estas es una de escasa superficie en la Casa de Campo de Madrid, referente de naturaleza en mi infancia. Se la conocía como “El pinar de las siete hermanas”, pues, se decía por los alrededores, que otras tantas fueron violadas y asesinadas en la guerra civil por soldados de la Guardia Mora de Franco, que el golpista se trajo a la península desde Marruecos y en la que no dejó de confiar hasta su tardía disolución.


A una distancia mucho más próxima, en las horas en que brilla el confuso sol de esta primavera, la vista que ejercito en la ventana suele entretenerse asimismo en las piernas de una joven que las alza hasta la barandilla desde un sillete apropiado en la terraza de un primer piso, en la acera opuesta a mi casa, sin duda con la esperanza de lucirlas con color en la estación, ajena a las malas noticias que llegan sobre la temporalidad del confinamiento. Pese a que miro desde una altura superior de amplia perspectiva, nunca he podido comprobar si esas piernas se prolongan en cuerpo alguno y, si aparento seguridad al atribuirlas género y nicho de edad, es por conjurar el ocio y solo por eso; se puede deshojar una margarita, pero carecería de paciencia para hacerlo con las del Daysyworld, mundo simulado con ellas por científicos para sentar hipótesis de biodiversidad.


El árbol, cuya especie no me atrevo a clasificar, y las piernas, con cuyo género y edad arriesgo al identificarlas, fijan mi ocasional atención tras la ventana en un paisaje desolado que la noche enciende con desgana, como si los ciudadanos, enfermos de lo mismo, se protegieran en ella de un mundo empequeñecido, donde todos somos liliputienses, los hombrecillos que despertaron a Gulliver en la playa a la que nunca quiso ir.


En ciertos periodos de mi vida me he propuesto subsanar mi falta de conocimiento de la Botánica elemental, que apenas me permite llamar a algún árbol o flor de tal manera, pero no he sido tenaz. Cuando construían un parque próximo a mi casa, preguntaba a los jardineros por lo que iban plantando, pero debieron de elevar una protesta al Ayuntamiento por las molestias que les ocasionaba y un día aparecieron a sus pies pequeños carteles que lo identificaban y, con la afrenta, el asunto dejó de interesarme. De las piernas de las jóvenes tampoco creo saber más de lo justo, pero nunca he dado la lata a nadie para que me facilitara su identificación. Es más, entre otras muchas, siento el orgullo de estas dudas, pues, sin ellas, todo lo que hoy se me hubiera ocurrido contar es que estoy hasta los mismísimos de vivir encerrado en casa, sin imaginación para sacar a pasear en mi escritura siquiera a esos tres tristes tigres trigo que tragaban en un trigal, como hizo Cabrera Infante en su exilio. Yo también vivo está situación como un exilio.

© Javier Figuero

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Foto: © facebook.com/Teo.Moreno.fotografo/

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