LEER Y CHUPAR

04.06.2020

Cuando menos lo espero me pongo melancólico y me da por preguntarme por el bar que me quitaron de la esquina, la puesta de sol que viví con las manos entrelazadas a aquella mujer que se casó con otro, el escapulario que gané en el colegio con unos versos dedicados a los chinitos infieles con motivo de la fiesta del Domund o por el futuro del periodismo escrito. Son asuntos a los que di importancia y ahora, que sé que hay más bares que esquinas, que me siento agradecido a aquella mujer porque se casara con otro, que lo que más me gusta de los chinos es que son infieles y que el futuro del periodismo escrito está definitivamente sentenciado; ahora, digo, cuando menos lo espero, me pongo melancólico y medito hacia atrás como un ser asolado por cualquier pandemia.

 

Aquel tipo era un agorero y, aunque con la brillantez que me caracteriza, le hice la entrevista con desgana. Venía a Madrid a presentar la edición española de su libro “Diez años para sobrevivir”, se llamaba Daniel Morgain, era francés, estudioso de los medios de comunicación y ponía fecha así a la muerte del periodismo escrito. Yo empezaba en eso. Mala suerte, debí hacer caso a mamá, eso no me sacaría de pobre.

 

Contra la tendencia a la baja del resto de los países occidentales, la originalidad del nuestro convocó a la gente en las últimas décadas a una atención inusitada por la prensa, que ahora pena sorprendida la huida de lectores. El apocalipsis de Morgain  no servía en una España que estrenaba régimen político y cuya sociedad estaba urgida de claves para orientar el compromiso con la nueva situación. Crecidas en la soberbia de los que se sienten llamados a arreglar el mundo, alguna empresa decidió comérselo y hasta participó cabeceras en retroceso de otros ámbitos que fueron referentes de sus orígenes. Lastrada por el gigantismo y por las deudas, incapacitada para entender la evolución de una sociedad frustrada de utopías y descreída de mesías oportunistas, sin imaginación para reflexionar un nuevo espacio informativo en convivencia con medios más pujantes surgidos con las innovaciones tecnológicas, obligada a capillitas ideológicas y culturales que niegan su objetividad, da palos de ciego en busca de un nicho clientelar, quizá perdido para siempre. Es una obviedad que los jóvenes viven de espaldas a la prensa y que a los mayores se les empieza a olvidar que existe.

 

Pero no soy pesimista, son momentos en que la melancolía se apodera de uno. Por fortuna, atisbo una nueva originalidad en los periódicos de hoy, prueba de inconformismo ante la enfermedad que aventura su desaparición. Y, como no se trata de hablar con vaguedades, refiero al artículo de El País del primer día de este mes titulado “Sexo oral, la asignatura sexual pendiente de los hombres que las mujeres deben enseñar”. Las sexólogas muestran ahí la “queja habitual” entre las que acuden a consulta y, ante lo cual “se impone una estrategia”. Hay que enseñar al varón a proceder con las señales que ella da con el cuerpo y así él “irá mejorando la forma en la que se mueve y la presión que ejerce”. Otra posibilidad: “dirigirles con las manos, recolocando la cabeza con suaves movimientos”. También: “enseñarles directamente con los dedos cómo y dónde te gusta, explicar el tipo de movimientos (de arriba abajo, circular, hacia los lados) para que ellos lo imiten con la lengua”.

 

En fin, que hay nicho para la prensa. La sección en la que El País incluye el artículo se dice “Buenavida”. Me apunto. Yo con un periódico en las manos y algo para chupar voy que me mato.

 

© Javier Figuero ( javierfiguero.com )

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Foto: © facebook.com/Teo.Moreno.fotografo/    

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