EL ANTIGUO RÉGIMEN

Tras la gran derrota de su partido en las elecciones municipales de Francia, el presidente Macron reacciona con el anuncio de una inversión de 15.000 millones de euros “para adaptar la economía a las exigencias ecológicas”, quiere ser compañero de viaje mendicante de una ciudadanía que le muestra la espalda. Con cierto instinto político, puso antes en marcha la Convención Ciudadana por el Clima con personas elegidas por sorteo, fuente de 149 propuestas que el mandatario se ofrece a traducir en leyes y reglamentos y a defender en la Unión Europea si exceden competencias nacionales.


Tendida con oportunismo, Macron siente en su mano el mordisco del electorado, del que se duele toda la clase política del establishment europeo. Con una abstención récord del 59% en las elecciones, Francia certifica la desafección a los partidos de poder surgidos con el fin de la Guerra Mundial. Por contra, son el espaldarazo a los ecologistas, ganadores en ciudades tan importantes como Burdeos, Lyon, Marsella o Grenoble y que obligarán a los socialistas a pactar con ellos París y hasta a afrontar en coalición las próximas presidenciales. Tras el largo periodo de implantación en Alemania, la furiosa irrupción de las políticas verdes en el país galo vocea la muerte de lo que es ya el “ancien régime” continental, decapitado esta vez por esclerosis, autoritarismo, corrupción o intolerancia para el entendimiento entre contrarios, filos tan certeros como la guillotina.


¿Pienso en un proceso revolucionario al uso que salde las cuentas del festín de los beneficiados en estos años? … Por supuesto que no. Los adoquines y los botes de humo lanzados por los profesionales del festejo en las manifestaciones con convocatoria formal a la prensa no son la amenaza real del sistema, que ha tardado demasiado en identificar a su enemigo. Mucho más de lo que asocia el término y, sin negar otros referentes, el ecologismo actual tiene una base profundamente “gauchista”, esto es, antiautoritaria, lo que le distancia por igual de los partidos marxistas o anarquistas y capitalistas o derechistas, más o menos extremos, como de los populismos con que los disfrazan hoy en día. En esa raíz de la postguerra avanzada, se han venido nutriendo con las políticas en favor de la universalización de la sanidad y la educación, de los emigrantes, del feminismo, de la integración de los géneros o del laicismo exigente, por citar las más notorias. En suma, de todo lo que le hace adversario del Estado tradicional democrático surgido con la caída de los fascismos. Secuestrado por el recuento de votos periódicos conseguidos con discursos que falsean su ejercicio (Sánchez no es mal ejemplo), el Estado europeo es una construcción autocrática, imperativa y hasta despótica, que funde poderes teóricamente independientes, caso del ejecutivo y judicial en España, a los que vemos darse el pico, sin mascarilla, con harta frecuencia.


Con las barbas peladas del vecino (Macron), otros mandatarios europeos (Sánchez…) adaptan precipitadamente su discurso, por si hubiera tiempo para salvar las suyas y, en los planes de reconstrucción económica exigido por el sunami de la pandemia, anuncian gastos para políticas ecológicas. Pero es el parche en la gotera para impedir el escape del agua, que encuentra con facilidad otras vías de salida. Porque el de ahora no es un desafío entre frentes identificados sobre los que elucubraban hasta anteayer los teóricos del capitalismo y del marxismo-leninismo. Al otro lado del sistema y con independencia de su apellido hay un movimiento poliformo, casi desideologizado por su amplitud de campos de acción, que crece como los tentáculos de los pulpos y advierte la impotencia del enemigo.


Nadie dudará ya de la existencia de una nueva clase de ciudadano europeo, que no es un ermitaño de la política, el pasota que siguen señalando los medios, y conviene darle carta de naturaleza. Contra lo que pudiera parecer, no ha dejado de participar en ella, pero lo hace por vías inusuales, que los del oficio no aciertan a canalizar. Algunos mandatarios (Macron, Sánchez…) apuestan unos euros al caballo del ecologismo que toman por bandera, creídos de que todo se reduce a bajarle algún grado a los gases de efecto invernadero, pero el Estado que representan no se salvará por eso. Sencillamente, porque ya está muerto.


© Javier Figuero

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