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BOCAZAS

Es inevitable que el apremio con que se ha resuelto el tema de la vacuna contra el Covid acabe por provocar tensiones; morales, estéticas; no sé, en el estado de fragilidad actual todas parecen importantes. Con la dosis puesta, perderemos el miedo a quitarnos la mascarilla, a andar sin protección por las calles, a mostrarnos como somos en transportes y locales públicos y hasta a utilizar la boca para responder a estímulos lujuriosos. Y todo sin garantías ciertas de que estemos preparados para ello y, mucho menos, de que estemos autorizados para ello. Puse oídos sordos a las voces que nos advertían de la renuncia de derechos que hacíamos con los estados de alarma, pero aprecio ahora que, con la legislación en la mano, una mujer podría denunciarme si, al salir del centro de salud, me mordisqueo el labio cuando me cruce con ella. O yo a la mujer si, en el mismo caso, se le antojara sacar a pasear su lengua por los labios. Sin legislación correctora que nos proteja de la escrita en estos meses, podríamos acusarnos respectivamente de exhibicionismo o desnudo parcial al mostrar partes de nuestro cuerpo tanto tiempo vestidas; la desnudez tiene que ver con la costumbre. Cualquier leguleyo podría corroborarlo; no se trata de meteros gratuitamente el miedo en el cuerpo. Propia de la cultura de masas, la banalización del cuerpo quedó atrás con la penitencia. La boca ya no es menos sospechosa que el pene o la vagina, entramos en otra fase de la civilización.


Quitarse la mascarilla tendrá consecuencias por insignificante que parezca lo quitado. Esto no es un asunto de proporciones; Gilda se quitó un guante y hubo muertos y Courbet le quitó las bragas a su modelo y acabó de un brochazo con el romanticismo. Lo mismo había hecho Miguel Ángel con los calzoncillos del suyo y el David sufrió agresiones fanáticas en la plaza de la Señoría y la Galería de la Academia de Florencia cuando los intransigentes descubrieron que no estaba circuncidado. Largo tiempo criminalizadas, destapar las fauces de nuestra sociedad exige de una planificación en cautela, de la que ningún político habla, obsesionados todos con colgarse la medalla de la nueva normalidad. Pero en la desidia de la opresión hay hombres que han dejado enquistar sus espinillas en las aletas de la nariz y mujeres que han acumulado pelusilla en el labio superior. ¿Quién responderá de las agresiones de las partes contrarias a que pudieran dar lugar su desvelamiento? En cualquiera de los muchos sexos que existen anidan nudófobos potenciales que, al enterarse de lo de Pfizer, Moderna u Oxford experimentan ansiedad ante la descarnada realidad de su desnudo por el temor de verse expuestos y sin protección ante los otros. “Señoría”, se filtrará en la prensa que le dijo al juez la víctima del abuso sexual, “cuando me miraba, le salía saliva de la boca”.


No es asunto menor. Mientras no se recupere la economía, parece apropiado prolongar la prohibición de los desahucios a personas victimizadas por la crisis, tal como pretende el presidente del gobierno español, Pablo Iglesias. Pero tampoco sería ocioso establecer prorrogas de obligatoriedad en el uso de la mascarilla, más allá de todo plan de vacunación. Me temo que, sin ella, se volverá a notar que somos un país de bocazas.


© Javier Figuero ( javierfiguero.com )

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