DE LA ALEGRÍA

Leí que Beethoven tenía un antepasado español, una bisabuela andaluza creo recordar, dato que nunca vi ratificado, aunque el origen holandés de su familia podría favorecerlo. Sí está comprobado que en años de formación en Bonn se le conocía como el spagniol (español), aunque se da como razón que era feo, bajo, ancho y con la piel oscura y picada en la cara de viruelas. Nada para ofendernos, pues, pobres por servir a los cielos, tardamos más que otros europeos en independizarnos de los monos, la familia. Ahora que vuelve a actualizarse la teoría recurrente de que el músico era negro, no sería extraño que los antropólogos repararan en estas consideraciones; una solución intermedia, dada la permeabilidad histórica entre Andalucía y África.


Con el párrafo que acabo de concluir me explico el apego que en España se tuvo de siempre al compositor. Cuando aquella tarde del glorioso 14 de abril de 1931 Alcalá Zamora proclamaba la II República desde un balcón del ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol de Madrid sonaba la Novena Sinfonía de Beethoven. Tampoco fue de extrañar que, lo hiciera la Tercera con la pantalla en negro de TVE y el cartel que anunciaba la intervención de Arias Navarro, presidente de gobierno entonces, que daría cuenta de la muerte de Franco. Melómano impenitente, el poeta comunista Carlos Álvarez me contaría que reparó en el hecho en la Cárcel de Carabanchel, lo que le permitió pronosticar a los otros presos políticos que el tirano había estirado la pata. En el tiempo de la composición, Europa vivía prendada de un oficial corso llamado Napoleón, que llegaba al generalato con fama de revolucionario capaz de reconducir los excesos de otros, y, como Byron o Balzac, el músico le daba crédito y su sinfonía se llamó Heroica. Rompió emocionalmente con el francés al proclamarse emperador, pero el 20 de noviembre de 1975 el franquismo seguía llorando a Franco como un héroe, aunque ya un guiñapo.


El último homenaje desde España al compositor se lo ha brindado el actual presidente de gobierno, que esta semana presentaba su plan de recuperación económico. Sin periodistas y con un inesperado pianista telonero que interpretó sin brillo el Himno de la Alegría que Beethoven introdujo en la Novena Sinfonía, convirtiendo en cantata la Oda de Schiller. El proyecto lo tenía anotado el alemán en sus cuadernos desde 1793, cuando contaba 23 años y sentía los ideales universales de un romántico precoz dispuesto a consagrase por la felicidad colectiva, a hacer música para la humanidad y no para príncipes o mecenas, como Haydn o Mozart. Joven, compuso un canto con las palabras del romántico Konrad Pfeffel que definió al hombre libre como “el que no reconoce más ley que su propia voluntad”. Ese fue, el espíritu de la Sexta Sinfonía, Pastoral, escrita en 1808 cuando Beethoven identifica sus ideales con la Guerra de Independencia de los españoles y los incipientes movimientos independentistas latinoamericanos. Canto a la naturaleza que hubiera casado mejor con la recuperación propuesta por Pedro Sánchez, basada en gran parte en la transición ecológica.


Todo indica que Sánchez montó el insólito numerito de la presentación como reconocimiento a la UE, que tiene la Oda por Himno y que financiará el gasto de nuestra recuperación. Cuando Beethoven elevó la letra de Schiller a la Novena, hacía mucho tiempo que se había convertido en un hombre amargado por la sordera. La estrenó en Viena en 1824 cuando Fernando VII había reinstaurado la Inquisición en España, a cuya nación nunca dejó de mirar, quizá por aquello de la bisabuela, otra limitación para la alegría.


Muchos comentaristas políticos se han tomado a coña la aparición de Sánchez con el pianista; yo, no. Que la palabra solo es necesaria cuando falta la música es afirmación de melómanos y yo la asumo como tal porque la palabra de los políticos en este país se me hace cada vez más insufrible. Padecen de sordera; no oyen a los otros, a la gente. Veinticinco años antes de su muerte ocurrida en 1827, en el Testamento de Heiligenstadt, un Beethoven espantado de su mal levantó la plegaria: “¡Oh, Providencia, garantízame al menos un solo día de sincera alegría! ¡Hace ya tanto tiempo que soy un extraño a los deliciosos sones de la alegría!”. Yo también levanto la mía. Y por lo mismo.


© Javier Figuero ( javierfiguero.com )

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