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EL OSO

Para buscar osos me adorno con buen perfume, tienen un olfato muy fino y nunca reparo en gastos, marcas francesas de alta gama, mis favoritas y sé que las suyas. Lo decidí en Diyarbakir, cuando me tentó el culo con el hocico un plantígrado negro de media alzada con bozal y cadena al cuello unida al tipo que lo paseaba por una calle concurrida de la ciudad, mientras yo miraba al cielo tratando de interpretar la deriva de la Guerra del Golfo, iniciada ya en el cercano Irak. Si recibí disculpas por el atrevimiento, fue en kurdo, pero, en tal situación, solo cabe aceptarlas. Hombre y bestia me olisquearon con aprobación, pero sus carantoñas me convencieron de que en la guerra conviene pasar inadvertido. Desde entonces he visto osos en Alaska, los Pirineos franceses y en Asturias, siempre a suficiente distancia, ley que suelo conculcar en el Parque de Berlín de Madrid, con cuyo ejemplar estatuario me llevo razonablemente. Al margen de aquel pobre ejemplar domesticado, lo que me gusta de los osos es que son decididamente solitarios, se las valen por sí mismos y salir de la madriguera a buscar comida no les hace más sociables. Quizá cuente la incapacidad personal en la admiración; no sé. Flaubert decía que el lenguaje humano es “como una olla vieja sobre el cual marcamos toscos ritmos para que bailen los osos, cuando anhelamos producir una música que derrita a las estrellas”. El escritor era lo más parecido a un “oso” (y así le llamaban los amigotes), buena parte del tiempo encerrado en su propia madriguera peleándose con la palabra. Nos tenemos estima y, en el bicentenario de su nacimiento, quiero regalarle una frase de Murakami: “Mañana lloverá, porque un oso polar se ha comido las estrellas”. Para mí que Flaubert eligió ser oso para poder tragarse las estrellas.




© Javier Figuero ( javierfiguero.com )

Foto del autor. Parque de Berlín en Madrid