FRONTERAS

Los que vivimos en dictadura en años conscientes hicimos de las fronteras un espacio inquietante que diferenciaba la emocionalidad y hasta la fisiología. Me recuerdo en trenes que venían de Europa detenidos ante territorio español para adaptarlos a la vía con que Franco quiso dificultar la posible invasión de España a los aliados. Supongo que la primera vez que traje en el equipaje libros censurados desde París, sentí alguna palpitación de más, pero no presumiré de represalias pues nunca sufrí registro, aunque llevaba el pelo largo y era informal en el vestir, razones entonces de sospecha. ¿O era eso lo que garantizaba la inocencia? Quizás, solo un incauto vería el mejor disfraz de frontera en un traje de Armani.


Las experiencias más desasosegantes las he vivido en fronteras exteriores. A la salida del ferry con el que atravesamos el Canal de la Mancha, a mi compañera irlandesa de entonces y a mí nos hicieron cierta noche un registro en Dover que llegó al desmontaje del coche y de nosotros; una rueda por aquí, mi brazo por allá, los pechos de ella en observación… Por los periódicos de los días siguientes supimos que se esperaba en el paso la llegada de un comando terrorista para operar en Belfast. Pero la frontera más impactante que pasé nunca fue la del famoso Checkpoint Chalie un día que el Berlín comunista militarizaba hasta los adoquines. Fue la última gran concentración de los dirigentes del Pacto de Varsovia, con Gorbachov a la cabeza. Era una noche fría y, con las escasas luces del puesto, se dibujaba una atmósfera de tensión que, con un poco más de esfuerzo y de talento por mi parte, habría hecho de mi un famoso novelista, un Le Carre de Valladolid.

En Europa, Schengen ha quitado emoción a las fronteras interiores con la ilusión de un entendimiento cada vez más cuestionable. Lejos de los alicientes del frío, en los años pasados solo podías curarte “el mono de la frontera” entrando sin visado desde México en EEUU o en áreas talibanes o fundamentalistas con un ejemplar de Charlie Hebdo en la mano. Para eso, además de esfuerzo y talento, me faltaron agallas, aunque no he dejado de ir a Cataluña, donde guardo buenos amigos. La frontera no es solo un tránsito físico, lo es también de culturas, pero estas se hacen porosas como los muros o las alambradas, porque los andrajos y la sangre que testimonian los que las violentan muestran la imposibilidad de segregar.


Las fronteras nacieron como expresión de una soberanía que las supranacionalidades llevaron a límites lejanos, solo porque la defensa de lo pequeño se mostró incompatible con el aumento del nivel de vida, aún sin preocuparse de forjar un sentimiento que sancionara el cambio. Algunos lo creen conciliable con las botifarras amb mongetes y añoran los muros que aíslen el guiso, donde se cocerían en su propia salsa. Mientras, políticos y científicos, impelidos por las circunstancias, se quitan el lapicero los unos a los otros para dibujar nuevas fronteras, que ahora se llaman acotaciones perimetrales. En Memorias y aventuras cuenta Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, de una cena en la que participaba Oscar Wilde, cuya conversación “sobresalía por encima de todos”. Hablaban sobre las guerra futuras, cuando dijo el irlandés: “A cada lado de la frontera se acerca un químico con un frasco…”. Y en esas estamos.

© Javier Figuero ( javierfiguero.com )

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