HORI DA GALDERA / ESA ES LA CUESTIÓN

Antonio fue el mejor camarero de barra que he conocido; hablaba cuando evidenciabas tu orfandad y limitaba su atención a la cortesía propia del servicio, si no era el caso. “¿Lo de siempre, don Javier?”, me preguntaba las mediodías de aquellos tiempos en su establecimiento, cuestión que, salva sea el patronímico, se la planteaba uno del oficio a Humphrey Bogart en una película en blanco y negro que vi tiempo ha, una motivación para superar la adolescencia. Acto fallido en realidad, porque, frente a Bogart, soy actor secundario, pues hago ascos al whisky y a los alcoholes de protagonista y mi credencial, a más de ocasional, es un vino blanco antes del almuerzo; eso sí, de calidad reconocida, hasta ahí podíamos llegar. Atento a mis gustos, Antonio me lo empezó sirviendo con una banderilla a base de anchoa, pepinillo o piparra y aceituna, pero, pronto, con un par (de las mismas). La razón muestra su categoría profesional. Fue desde la mañana en que la llamó “gilda” y yo le rectifiqué: “fraile, Antonio, fraile”, dije. Así se nombraba en el Madrid de mi niñez y así lo pedía mi padre para acompañar su vermut cuando volvíamos de jugar al fútbol en la Casa de Campo. Un buen camarero nunca lleva la contraria al cliente, pero tampoco renuncia a su dignidad. Doblar el aperitivo no llevaría al quebranto de la empresa. “Un fraile y una gilda, don Javier”, me anunciaba con la comanda de la paz tras la enmienda. Comprenderéis que, desde que Antonio colgó las armas del oficio impelido por arañas vasculares en las piernas, ahorro mucho en propinas; siempre fui un tipo generoso cuando había que serlo.


Me enloquecen los “pintxos” vascos; la gula que desaté en las mejores tabernas de Euskadi no desmerece de la de los apóstoles en “La última cena” de Carracci o la de los asistentes a “La Mesa de los pecados capitales” de El Bosco. Con las autonomías perimetradas, un paseo por el Museo del Prado me ayuda a reprimir la nostalgia. Pero no estoy dispuesto a aceptar sin más la opinión de cronistas interesados que atribuyen la paternidad de la banderilla que gloso al restaurador donostiarra dicho Txepetxa, que dio un día en llamarla “gilda” porque el subidón que le provocara le resultó comparable con el que le diera Rita Hayworth en la película homónima. Estaba inventada en Madrid desde los tiempos de la II República y su nombre tenía que ver con el carácter anticlerical que, como tantas otras veces en la Historia, afloraba en el alma (claro) de los españoles.


Buena parte de mi herencia ideológica corresponde a la II República, lo he dicho muchas veces. Lo que nunca dije es que, cuando me como un “fraile”, se me hace la boca agua, por más que la confesión pueda escandalizar a los santurrones del PNV o al clero que apoya el independentismo de Euskadi, apoyo en su día del terrorismo que lo alentaba con las armas. Puede que incluso al laicismo vasco le moleste que discuta el paternazgo de la banderilla, pero apelo a sus filólogos para aceptar que la nominación evita la duda de sus orígenes. Aunque habré de agregar que, cuando me como una “gilda”, se me vuelve a hacer la boca agua, lo que no dejo de agradecer a Txepetxa. Parte de mi herencia sexual la reconozco en Rita Hayworth.


Creo que ha quedado muy claro que Antonio fue el mejor camarero de barra que he conocido.


© Javier Figuero ( javierfiguero.com )

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Foto: © facebook.com/Teo.Moreno.fotografo/

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