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LO QUE MOZART Y YO TENEMOS EN COMÚN

Viví siete años con una mujer nacida el mismo día y mes que yo y, aunque la historia queda atrás, solemos reservarnos los aniversarios. Mi amigo Antonio Hernández, que fuera Premio Nacional de Poesía, es de la misma data y, si relajamos la costumbre, procuramos intercambiar un abrazo cuando llega, siquiera a través del teléfono; restan lejos los tiempos en que el Café Gijón era rampa de despegue para velar las madrugadas madrileñas. A dos personas próximas les dio asimismo por venir al mundo bajo tales guarismos, siempre, claro, en sus respectivos años, pero una lo abandonó con precipitación y la otra sigue dando saltos de un país a otro, mujer dura que apenas se manifiesta cuando tolera la nostalgia. Por fin, entre los íntimos que rememoro en el día que es nuestro, cito a Wolfgang Amadeus Mozart, despegado para los formalismos sociales, incapaz de enviarme siquiera una ternura por WhatsApp por el acontecimiento, lo que pago con igual moneda, por más que nos conste el cariño que nos profesamos. A decir verdad, a mí tampoco me gustan los formalismos, mucho menos con los años. Obligado sin embargo a corresponder con ciertas personas, nunca celebro el mío, sino el cumpleaños del glorioso músico; poco importa, somos uña y carne. Por fidelidad a él, estudio ahora clarinete, sin que todavía haya consolidado la voluntad de mantenerme en el empeño. Joven entusiasta, la profesora particular que sufre mi tardía vocación, me preguntó en su momento por los motivos que me llevaban a la elección del instrumento. Le hablé del Concierto para Clarinete en La Mayor de Mozart y de los vínculos que nos unían y me pareció ver que se emocionaba con la explicación. Bueno, enseguida esgrimí una segunda razón: su ligero peso; no me imagino andando por ahí con un arpa bajo el brazo (Concierto para Arpa y Flauta de Mozart). Y es que, sentimentalismos, los justos.


© Javier Figuero