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WAGNER Y YO

¿Se justifica la atracción formal hacia el artista sin reconocimiento de su arte? … Y cuento ya la reciente experiencia en que nace la pregunta: El adelanto en El País del primer capítulo de Wagnerismo, del americano Alex Ross (magnífica traducción -no es tan frecuente- de Luis Gago), me urgió hace unos días a adquirir el libro, entre cuyas mil páginas de incómoda edición para mayor gloria de Richard Wagner sigo ahora buceando. La cosa tiene su mérito porque no me seduce la música de Wagner, que decido enfática y grandilocuente; me repugna su legado político, antisemita y filonazi; y me enferma su pátina espiritual, siempre a la búsqueda de mitos con los que construir la obra en el deseo de confrontarla con lo religioso y exacerbar los nacionalismos. Wagner tuvo en vida, y guarda aún, el reconocimiento de “un dios”, sin que me gusten los dioses. Me siento mejor escuchando a Mahler, quien lloró la muerte del alemán por las calles de Viena, mientras, curiosamente, hipaba su desgracia por la desaparición del “maestro”. No me llega su arte, pero siento atracción por el artista Wagner, por su determinación creadora, la impostura para medirse con lo imposible, la confianza en la perpetuidad de su obra, su voluntad de ser leyenda, su saberse Sigfrido, el héroe germánico legendario que mató al dragón y logró la inmortalidad, detalle clasificador que confío corroborar en el libro de Ross o lo arrinconaré para siempre. La estrategia de Wagner es la de los triunfadores, la revelada en los credos mistéricos, la promesa de esa infinitud que se comparte con los ídolos. Parte insignificante de esta vulgar coral llamada humanidad, la mía, mi estrategia, refiere a lo inmediato. Confesaré así que, tras la reflexión, me aprestó a decidir entre ver el telediario o escuchar Tristan e Isolda.


© Javier Figuero ( javierfiguero.com )

Foto: © Teo Moreno (https://teomoreno.wixsite.com/fotografo)