Colaboraciones externas

Déjame que te diga

de Susana Cañil

     Dominabas con destreza el noble arte del discurso. Pero no de cualquiera. Lo que yo he bautizado recientemente como “discurso vejamen”. Dicho más sencillamente, ejercías de censor, de crítico, de fustigador… Eras verdugo, juez, fiscal y carcelero,  encaramándote  siempre por encima del bien y del mal desde tu exigua estatura, la moral, me refiero. Opinante de todo, hasta de temas que desconocías o situaciones que no habías vivido ni en otra vida ni en la presente. Muy probablemente ni en las futuras. Emitías un juicio y lo convertías en ley universal. Yo te escuchaba embelesada, dando por hecho, sin contrastar, sin vacilar, que todo lo que decías era rigurosamente cierto. Es lo que tiene cuando admiras a alguien hasta el paroxismo. Esa ceguera, mórbida, silente y suicida, que te impide oír otras voces de alrededor alertándote de tu gravísimo error y sus consecuencias venideras. Pero claro, además de ciega, era sorda. Más tarde me volví muda y ese fue el principio del fin.

     Trataba de mantener  a duras penas mi identidad, mis ideas y mis gustos, con escaso éxito. Tus palabras, tan barrocas como acosadoras, me sitiaban, tus arengas me apartaban por segundos de la persona que había sido y a la que cada vez me asemejaba menos. Me dejaba llevar por un sendero que no me gustaba por miedo a perder y a perderte. Y aunque en público te mostrabas cercano, adulador y cariñoso, todo cambiaba cuando bajaba el telón y quedábamos los dos como únicos protagonistas de la función. Entonces emergía tu lado inseguro, oscuro, petulante y controlador arrollándome como un camión sin frenos. Y yo quería gritar pero mis cuerdas vocales no respondían, excepto para pedirte disculpas por cosas que la mayoría de las veces, ni había dicho ni había hecho, con el único fin de no verte enfadado y distante. Pequeños errores que yo cometía y que tú magnificabas como si tuvieras que batirte el cobre a diario con una malvada de manual en vez de con una mujer extraordinaria pero ciertamente, humana. Tu objetivo era muy claro: convertirme en el reflejo de lo que tú querías que fuera.  Es decir, una mujer gris, vulgar, sin criterio propio, anónima entre los anónimos. Ese perfil bajo que siempre había sido tu tónica a la hora de escoger mujeres. Mujeres a las que pudieras manipular y adiestrar como a una mascota, no para acompañarte en la vida, sino para doblegarlas y así sentirte grande. Y sobre todo, muy calladita y obediente. Que no brillara porque para eso, ya estabas tú. Y cada vez que yo me derrumbaba, tú crecías varios centímetros. En vanidad, en egolatría y endiosamiento. ¡Cómo si de eso anduvieras escaso! 

       Había dejado de creer en mí para tener solo un horizonte y un dios: tú.

      Porque  a cada paso libre que yo osaba dar,  tu cerco se estrechaba más y más sobre mí sin apenas margen de escapatoria. Tus coletillas al hablar, esas que formaban parte de tu repertorio conmigo y con el resto de mundo, se hacían cada vez más presentes cuando intentaba sacar los pies del tiesto:  “Calla, que tú de esto no sabes” o “Déjame a mí, que tú no tienes ni idea”. Ya no dialogábamos, sólo era un monólogo de críticas y tarjetas rojas en una sola dirección: de ti hacia mí.

 

      Casi había perdido las riendas de mi vida. Pero ese “casi” es la palabra clave.

     Porque claro, ¿qué se puede esperar de alguien que no tiene amigos porque su concepto de la palabra amistad pasa por ser una compraventa de favores? Alguien que no es capaz de perder la noción del tiempo mirando como amanece o el chisporroteo de una chimenea en una tarde invernal. Alguien con quien convivir era un suicidio porque… ¿quién era la valiente que podría vivir con él y sus trescientos egos? Alguien que sólo es capaz de admirar a una persona, él mismo. Alguien con quien es imposible acertar porque sólo persigue, incansable y sin tregua, tus fallos. Alguien que es incapaz de empatizar con causas ni personas. Alguien a quien jamás vi  llorar o emocionarse por nada ni por nadie. Él, para el que la mentira era su filosofía de vida, la humildad el traje de los pobres y el corazón de los demás su particular retrete.

      Terminé pensando que era yo la imperfecta, la defectuosa, la que siempre hacía todo mal.  Todo el poder que voluntariamente te había otorgado dinamitaba cualquier rastro que me demostrara que yo era una diosa y tú un tirano acomplejado. Pero empecé a mirarme en el espejo de nuevo gracias a mis amigos, ese gran tesoro que tú ni tienes ni jamás tendrás. A contarles tímidamente algunos detalles, pinceladas nada más, que para ellos fueron suficiente motivo de alerta. Y su paraguas, salvador y balsámico, se cernió sobre mí proyectando una barrera protectora que repelía cualquier intento de ruina por tu parte.

      Y las cosas cambiaron. Me echaste un órdago, nuevamente. ¿Cuántos eran ya? Había perdido la cuenta. Pero en esta ocasión lo hiciste sin calcular tus posibilidades y mi hartazgo. Y desde luego, sin tener en cuenta que yo ya no tenía miedo, que ya me daba igual porque, por fin, había despertado.

     Estaba harta de tus reacciones infantiles, más propias de un adolescente con las hormonas disparadas que de lo que debería ser un hombre de verdad.

      Te había visto por dentro y no brillabas porque la que te hacía brillar era yo. De repente me parecías un payaso, un mamarracho engolado. Y me echaste de tu lado de la misma forma que se abandona a un perro en una cuneta cuando ya no te hace gracia. Sin miramientos, sin elegancia, sin escrúpulos, sin conciencia. Vaya, que lo único que hiciste fue sacar a la luz tu auténtica esencia.

        Déjame que te diga que ya no. Que nunca más. Que no engañas a nadie, ni siquiera ti mismo. Que nunca valió la pena, aunque eso lo sé ahora, con la perspectiva del tiempo transcurrido y mi felicidad recuperada.

        Déjame que te diga que yo ya era, sabía, destacaba y refulgía mucho antes de que tú llegaras a mi vida. Que aunque sin alas, yo siempre he sabido volar. Que yo soy guapa sin ti y a pesar de ti. Y no hablo de belleza exterior. Hablo de esa otra belleza invisible pero presente en las personas que transitan por la vida con honestidad, elegancia, educación y con principios. Esas cosas que ni consultando en el diccionario, jamás podrás  entender su significado. Mucho menos, su valor.

         Por suerte, hace mucho tiempo que yo ya bailo en otra fiesta.

 Anastasia Beunza, Buenos Aires,Argentina. Pintora, poeta y Arquitecto por la Universidad de Buenos Aires. Cursa ahora la carrera de Psicología en la Universidad de Palermo.
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